En el Líbano, la espada y la sangre siempre acaban levantando a la población y a la Iglesia, como en 1975, o las intervenciones diplomáticas y militares occidentales, como en 1860. Las transformaciones demográficas no pueden lograrse mediante masacres y requieren una estrategia más artera, por lo que las acciones de 1860 y 1975 se repitieron unos cincuenta años después, pero sustituyendo la espada por la hambruna y la emigración masiva.

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