El Monte Líbano, desprovisto de tierras agrícolas, no parecía interesarle a nadie. Permaneció aislado entre sus profundos desfiladeros y sus cumbres nevadas. Los enviados bizantinos no consiguieron abrir la menor brecha en estas montañas, mientras que la costa fenicia era toda suya. Fueron, pues, misioneros más provincianos, con una cultura común y una lengua siríaca, los que pudieron penetrar en estos valles inhóspitos.

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