Para Raphaël Lemkin, el genocidio no «implica necesariamente la destrucción inmediata de una nación» mediante asesinatos en masa, sino que puede «significar un plan coordinado de diversas acciones encaminadas a la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida de los grupos nacionales», como «la desintegración de las instituciones políticas y sociales, la cultura, la lengua, los sentimientos nacionales, la religión y la vida económica (…), así como la supresión de la seguridad personal, la libertad, la salud, la dignidad e incluso la vida de los individuos».

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