En 146 a.C., Roma derrotó a Cartago y Corinto, pero a ello seguiría un comportamiento divergente hacia sus dos competidoras milenarias. Cartago sería destruida y su biblioteca devastada, mientras que la de Alejandría seguiría siendo apreciada, haciendo honor a la cultura griega. Este planteamiento se mantuvo en el siglo XIX y por los historiadores modernos, convirtiendo a los fenicios en los grandes ausentes de la historia mediterránea.